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‘En todo lo que aparece (a la consciencia), hay un no-ser’ (anâtman), afirmaba el Buddha, como un camino de trascendencia. Lo que aparece se va configurando en estructuras, que parecen ser cada vez más rígidas, más condicionantes. Lo que no hay que olvidar es que toda estructura surge de una no-estructura. Y regresa a ella. La base de toda la manifestación es la Asidad, la Vacuidad. Vacío de esencia propia, inherente. Todo es compuesto, nada es ‘algo’ en sí mismo. Por eso la estructura fluye, no es rígida, se hace y se des-hace. Cuando la ‘cosa’ ya va a llegar a ser, se deshace. De allí la impermanencia o fugacidad de los fenómenos de la existencia. Pero el dolor (dukha) surge cuando hay aferramiento, apego, a las formas que se deshacen antes de llegar a satisfacer. Si esto lo llegamos a ver y experimentar claramente, nos liberamos de la expectativa de satisfacción. Lo que genera infelicidad es el deseo de satisfacción, que le da a los fenómenos un supuesto poder de llenarnos, de hacernos sentir completos. Entonces es menester  liberarnos de las formas viendo como se resuelven todas en la vacuidad.

Y sin embargo el mundo ‘concreto’ sigue apareciendo con una contundencia tal que impresiona los sentidos y nubla la percepción de lo Absoluto. Y por supuesto nos resistimos, nos defendemos, tememos, ansiamos, nos desesperamos. Si nos damos cuenta que sufrimos, podríamos buscar su causa. La carencia. Y podríamos verla cesar. Pero he aquí el inconveniente: podría volver a surgir. Entonces, quizás podríamos llegar a darnos cuenta que, donde está el condicionamiento está también su liberación: No hay sólo vacuidad, también hay potencialidad. De la vacuidad —adonde habíamos visto que regresaban las formas— de ella siguen surgiendo las formas, y vuelven a intentar confundirnos —después de todo, en el Prajñaparamita Sutra se dice que ‘Las formas son el vacío’, pero no hay que olvidar que después se dice: ‘El vacío son las formas’... Entonces descubrimos que todos los fenómenos tienen su origen —y su destinación— en lo Absoluto. Se liberan en él. Por sí solos. Y siguen surgiendo, para volver a liberarse. Y darse cuenta de eso —experimentarlo— libera. Permite trascender los límites de la existencia. Aún el tiempo y el espacio. Por eso a quien ha tenido una experiencia de lo trascendente no le es tan difícil integrar lo fenoménico en lo Absoluto. Por lo menos en eso consiste la conducta resultante de una verdadera experiencia. Base, camino, fruto.

La estructura mental es entonces libre de condicionamiento —de límites— en realidad. Se auto-libera continuamente. Surge, dura, y cesa. Surge de ‘la Fuente’ o Base, se despliega y después retorna a lo informe de esa base absoluta (esta base no es un ente, no es una ‘cosa’, no hay que caer en la usual reificación, tan sólo sucede que tenemos que usar el lenguaje...). Este es el criterio a sostener mientras observamos atentamente las estructuras emocionales y las estructuras intelectuales.

Las estructuras emocionales —si no se reconoce lo que son— hacen sufrir. Las estructuras intelectuales —idem— nos convierten en rígidos teóricos y reduccionistas. Que al final no entienden nada. O peor aún, nos pueden hacer creer que ya entendimos! (Lo Inentendible o Inefable).

El camino hacia la trascendencia, también denominado en algunos contextos camino espiritual, incluye todo esto, partiendo de lo más evidente —‘práctico’—, hasta desembocar en lo más inefable. A veces la descripción del camino, en el Budismo, parece excesivamente ‘psicológica’, al incidir bastante en la mente. Es más, como el camino de realización budista reside fundamentalmente en la práctica de la meditación y la contemplación, proceso en el cual se escruta nuestro interior —denominado ‘mente’— para ver ‘qué hay allí’ —con el propósito de trascenderlo, esta impresión parece confirmarse. Pero para llegar a una experiencia verdaderamente trascendente se tiene que atravesar —para ir más allá— lo psíquico, lo mental. Para lo cual se requiere en primera instancia calmar dicha mente (o medio ambiente interior) a fin de ver o percibir correctamente esa estructura mental. No sólo durante en las sesiones formales de meditación, también después, al vivir... Esta sería la ‘justificación metafísica’ del énfasis psicológico del budismo. Es esta aparente contradicción con lo ‘superior’ lo que alguna vez hiciera desconfiar a autores como René Guénon. Y es que una vez cesado el sufrimiento, no queda más que la felicidad (la experiencia está allí, esperando...). Más allá de la ‘física’ queda la ‘metafísica’ —pero precisamente por eso no podemos ignorar eso tan ‘concreto’.

Quisiera desarrollar entonces la idea de trascendencia a partir del ‘ir más allá’ de nuestra estructura mental. Cuando se experimenta esa trascendencia se encuentra lo Inefable, algo cuyo conocimiento hace feliz. Esta afirmación no es gratuita, se basa en el testimonio de incontables casos de quienes han realizado —o por lo menos entrevisto— ‘La’ Realidad. Advertir la potencialidad pura, y ser testigo de cómo lo Absoluto se va presentando ante nuestros ojos bajo la apariencia de formas, es un gozo, una felicidad inefable. Una felicidad que no es la ordinaria. Ninguna experiencia humana ordinaria se acercaría a esa felicidad extraordinaria. Como es en realidad imposible circunscribirla a palabras, callo acerca de este horizonte trascendente, sugiriendo que más bien se experimente... Como bien nos contó San Juan de la Cruz: “Entreme donde no supe, y quedeme no sabiendo, toda ciencia trascendiendo”.

Respecto a la estructura a trascender, es de eso que trata el Budismo. Qué y cómo trascenderlo, en términos de ir más allá del sufrimiento, dolor, angustia, ansiedad (el deseo que condiciona y gobierna). Habría que recordar la etimología de ‘persona’: máscara. De lo que se trataría es de descubrir qué hay más allá de la máscara. Qué se enmascara. Cómo se ha obscurecido el trasfondo, el substrato. Aclarar eso es lo que se ha dado en llamar en Occidente, la ‘iluminación’. Iluminar lo que estaba temporalmente obscurecido —no lo que parecía ser  obscuro en sí— es la meta del sendero budista: dejar que brille...

La estructura mental, la personalidad, el cómo ‘somos’, lo que según nosotros ‘lo que verdaderamente somos’, nuestra percepción —sesgada— de nosotros mismos, es precisamente lo que vela u oculta esa realidad. Y la estructura está hecha de dolor, de nuestros miedos, nuestras expectativas, nuestro mundo conceptual. El mundo emocional y el mundo conceptual. No es que se afirme que dichas estructuras deban eliminarse, sino que hay que conocer cuán reales son (o no lo son...), cómo el ego es más bien un instrumento útil, más que algo a eliminar. Cuando se dice trascender se indica ir más allá, no necesariamente eliminar. Más bien poner en su lugar... Conocer, o quizás más bien re-conocer (lo que siempre había estado allí, velado). Lo que en el Budismo se llama nuestra ‘budeidad’, nuestra tathata o ‘asidad’ —lo que es ‘Así’, inefable.

 

 

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