NUEVO CURSO

¿PORQUE MEDITAR ?

¿COMÓ SON LAS CLASES ?

¿HAY CLASES PERSONALES?

¿CÓMO SON LAS TERAPIAS ?

¿QUIÉN ENSEÑA ?

¿QUÉ ES EL BUDISMO ?

¿QUÉ LIBROS SE OFRECE ?

¿CÓMO SON LAS DONACIONES?

CONTÁCTENOS-ENLACES

 

 

 
 
     
 
 

Usando un lenguaje dual, no trascendente, no metafísico, diríamos que hay un mundo fenoménico a ser percibido —delante de la estructura mental o ‘allá afuera’— (ante nuestros sentidos), y un trasmundo ‘más allá’ de tal estructura (‘adentro’, en lo ‘profundo’). Digamos que ‘al medio’ parece estar ‘la estructura’ —el yo—, lo que separa el exterior y el interior, algo que en realidad fluye y no es una estructura fija; es más, para el budismo no hay un solo ego, son muchos los ‘yoes’, que van continuamente disputándose ‘el tomar la palabra’ —y si hay muchos en realidad no hay ninguno que sea ‘el’ yo verdadero. El camino de trascendencia sería integrar interior y exterior, descubrir que no son opuestos: coincidentia opositorum. Que el ego es también de origen trascendente. Después de todo también ha salido de esa Base; si no, de dónde más habría salido? —no pueden haber dos absolutos. Descubrir la Paz Natural (no hay oposición, no hay conflicto ni guerra, no hay nada escindido, en realidad). No hay entonces dolor, no hay ojo, no hay oído, no hay sabor... —como categorías absolutas— sólo hay percepciones sin un perceptor. No hay una estructura permanente. Y también para integrar esos aspectos aparentemente fragmentados, disociados, del ego, que parecen alienarlo, hacerlo otro.

Nagarjuna, el más grande pensador budista de todos los tiempos (estamos hablando del budismo, que tiene una historia de más de dos mil quinientos años), al serle preguntado en qué consistía su pensamiento, contestó que él no afirmaba nada ni negaba nada. Que tan sólo se dedicaba a poner en cuestión lo que afirmaban o negaban las otras posiciones doctrinarias. Trascendía así los opuestos...

El que recorre el camino de la trascendencia, el buscador, hará bien en poner en cuestión los opuestos (en sí mismo y en el mundo fenoménico), dejando que la estructura surja en su interior, y sin negarla (así reforzándola) y sin aceptarla (así apegándose a ella), deje también que cese, después de durar lo tenga que durar. Sin comentarios ni análisis conceptual (sólo válido para el mundo de las categorías, de los pares de opuestos). Hasta ahora hemos tratado de darle sentido a la existencia solamente a través de categorías conceptuales, quizás causando que la felicidad nos evite, puesto que la felicidad no es conceptual...

El budismo es una propuesta para darle sentido a la existencia. El sufrimiento es por lo general expresado en términos de carencia, sea de objetos, de personas o de situaciones, lo que puede llegar a generar angustia. Por eso el Dalai Lama suele decir que ‘todos los seres vivos buscan la felicidad y tratan de evitar el sufrimiento’. Cuando el sufrimiento arrecia, eso parece quitarle sentido a la vida.

Esa infelicidad es debida a una sensación: la de querer ser, que como deseo de afirmación se ve contrariado por las pérdidas y obstáculos que suele ofrecernos la vida. Se nos “quita” la satisfacción, se nos somete a la privación. Nos alejamos de la satisfacción plena. Y se va alejando el sentido de vivir, algo nos falta, nos sentimos incompletos. Pese a cualquier logro. Felizmente esa sensación puede ser remediada, mediante una experiencia de primera mano, un conocimiento directo de la satisfacción fundamental, de la Plenitud.

El plenum no es sin embargo algo que intrínsecamente nos falte. Está allí, solo que la vorágine de la existencia se dibuja sobre ese fondo, tal como imágenes que van apareciendo incesantemente en una pantalla —y ya no vemos la pantalla en sí— lo que nos limita a dichas imágenes, y nos hace olvidar la potencialidad ilimitada que tiene la pantalla para hacer surgir imágenes de si. La plenitud está, pero no la vemos. Es como si viviéramos constantemente soñando, y dándole una realidad sólida a esos sueños. Si tan sólo despertásemos, y nos diéramos cuenta...

El budismo es despertar del sueño, de la pesadilla. La raíz sánscrita de Buddha es BUDH, que rinde la idea de darse cuenta, despertar, tener inteligencia de algo. Para el budismo la limitación y condicionamiento de la existencia es tan sólo un sueño vívido, que nos da la impresión —la sensación— de ser real. Sí, es real, pero no en última instancia. Se podría decir que existe, pero no es.

Y la posibilidad de darle sentido a la vida no se limita a la propia, también permite ofrecer esa opción a otras personas, que pueden escogerla o no libremente. Muchas personas se han visto tocadas y aún beneficiadas por esta vía espiritual. Pero el budismo no es proselitista, sólo expone una opción. Y quizás sea la opción más natural posible. La de vivir en felicidad.

La declaración anterior es engañosamente simple. La verdad es que todo comienza por la angustia. Si el dolor le quita sentido a la existencia —y muchas veces la vida parece no tener sentido ¿Es que sólo existimos para sufrir? Como esto sería un sinsentido, el budismo pretende ofrecer una alternativa para aprender a dejar de sufrir, por sí mismo, sin la intervención de ningún ser superior (no es que lo niegue, sino que no lo afirma —más bien guarda silencio sobre ello). Si tuviéramos conocimiento, claridad, y la suficiente intensidad de la mente, quizás podríamos ir más allá del sufrimiento. Y descubrir la felicidad que está detrás de toda esa angustia que parecemos experimentar gratuitamente (¿Por qué esto? ¿Por qué a mí?).

A veces se dice que el sufrimiento ‘enseña’ a no cometer errores, pero frecuentemente volvemos a tropezar con la misma piedra (‘errar es humano, reincidir es diabólico’); entonces, ¿dónde lleva todo esto, a dónde va la existencia misma? ¿Cuál es su sentido? Ojalá nuestra atareada vida nos deje tiempo incluso de tan sólo percatarnos de ello, para hacernos la pregunta, la única que tendría realmente sentido (otras variaciones serían ¿Porqué soy? ¿Quién soy? ¿Qué soy? ¿Qué hago aquí?). Si no lo hemos podido responder aún (o por lo menos preguntárnoslo) quiere decir que vivimos en la ignorancia.

Lo que buscábamos entonces era conocimiento, una cierta sabiduría... Es decir, cuando buscamos... Lo más frecuente es que tomemos nuestras decisiones dentro de una cierta confusión, de una falta de claridad, de una incertidumbre. Vivimos ‘nomás’. Y eso es cuando ‘tomamos decisiones’, pues gran parte del tiempo es el hábito y las circunstancias las que nos empujan u obligan a tomar ciertas direcciones, incluso contra nuestra voluntad. Aun la cultura o civilización son más determinantes que nuestros deseos. Y muchas veces estamos convencidos de desear algo, para más tarde cambiar y detestarlo. ¿Dónde podremos llegar así? ¿Dónde está la coherencia?

Se dice en el budismo que la ignorancia es un veneno. Un veneno que nubla y corrompe las manifestaciones de la mente —la ignorancia malinterpreta la realidad y deforma su percepción, la sesga. Pero no se trata de una ignorancia ‘doctrinal’, no se trata del ignorar datos o información ‘budista’ —o de cualquier religión, para el caso— sino más bien de ignorar nuestra verdadera naturaleza (ese famoso ¿quién soy?). Al ignorar que nuestra real condición es la plenitud, la ‘completud’ —que en verdad no nos falta nada para ser realmente felices— partimos de una condición asumida de carencia, de insatisfacción fundamental, por lo tanto siempre sentiremos que nos falta algo. Así es que surge el deseo, y así surge el yo que desea eso que me parece que me falta, eso que está allí afuera —así es como surge la dualidad, la no-unidad; la separación. La caída del paraíso, en términos cristianos.

El budismo propone una visión del ser humano muy interesante: Que ya está en el paraíso —pero no lo sabe— no sabe que ya está completo. Pero lo sospechamos;  tenemos la idea que cuando “lo” consigamos seremos muy felices (causando el deseo). La sensación de carencia es la causa del sufrimiento; crea el deseo, que es insaciable, y de allí al desasosiego y a la angustia no hay más que un paso —desesperarse por satisfacer vehementemente deseo tras deseo, se dice que es como tomar agua salada: da más sed. Sólo tendríamos que descubrir —por experiencia—que ya somos completos, que ya somos felices, para que el sueño de la carencia acabe. Y con ella todas sus secuelas de insatisfacción e infelicidad. Si vivimos enfocados y familiarizados con  la satisfacción —que podemos llegar a verificar que poseemos la plenitud— eso será mucho más vivible que existir enfocado en la insatisfacción, o en las cosas que no tenemos y que creemos indispensables para vivir. Creando por otra parte el consumismo, etc.

Y así es que se generan las pasiones (pasión: padecimiento). Se dice que del veneno de la ignorancia —de nuestra trascendencia, satisfacción y felicidad innatas— surgen los otros dos venenos: la avidez y la aversión. El padecimiento del apego, avidez o codicia por lo que creemos que completará nuestra carencia. Cuando pensamos que algo nos hará felices, no podemos conseguirlo. Cuando lo conseguimos, no podemos conservarlo. O se convierte en algo que llegamos a detestar. O pero aún: nos aburre. Así aparece el otro padecimiento: la aversión. Algo nos parece que quita la tranquilidad, la comodidad, la paz. Lo rechazamos, lo odiamos. Nos da cólera (y el que tiene cólera no se siente muy feliz...).

El budismo tiene una objetivo principal, y otro que podemos considerar ‘aplicativo’. La meta es en realidad librarse (liberarse) de la impresión de carencia, lo que hará cesar el surgimiento de la causa del sufrimiento, y eso es llamado “iluminación”, despertar. Pero el objetivo más a la mano, aquí y ahora,  es el de tener una aplicación terapéutica, sobre todo al nivel mental. No solamente haciendo posible atravesar el espeso velo constituido —fabricado— por la estructura. Cura también la angustia, al ‘curar’ la ignorancia, entonces cura también el apego y la aversión, y el malestar que estos traen (el que quiere algo que no consigue se siente bastante mal, y el que está con cólera no se siente precisamente bien —sería absurdo seguir cultivando la cólera). Ayuda durante el tránsito de crisis, duelos, pérdidas, enfermedades físicas, frustraciones. Permite aprender a convivir con el dolor psicológico, a aceptarlo y a tener paciencia. Por eso es que mucha gente se acerca al budismo —y aún muchas terapias psicológicas ‘oficiales’ comienzan a adaptar sus métodos, como por ejemplo la meditación. Mucha gente siente alivio desde el primer instante, y poco a poco va sintiendo un cambio más profundo en su actitud y el funcionamiento de sus emociones. Aparte de las versiones contemporáneas del así llamado ‘budismo comprometido’, esta sería la contribución ‘social’ del budismo en la historia. Para después ayudar a salir así de la historia, del devenir, hacer que llegue verdaderamente ‘el fin de la historia’.

Budismo es un término occidental que no existe originalmente como tal en oriente. El término usual es Buddhadharma, término sánscrito, que se compone de dos partículas: Buddha, que quiere decir “El Despierto”, y Dharma, que quiere decir ‘asunto, cosa’, ‘fenómeno’, lo que todo junto rinde “El asunto del despertar”, el Camino del Despertar —y “El budismo no es el camino a la felicidad, la felicidad es el camino”, lo que nos llevaría a la idea de la felicidad como modo de vida— y eso puede aprenderse. Los budistas lo son porque quieren ‘despertar’, lo que no quiere decir que todos los budistas sean unos ‘dormidos’, sino que todos somos unos dormidos. Estamos dormidos! Lo que se vive es como un sueño, un poco confuso, un poco desconcertante, un poco contradictorio. Y cambiante. Nada es de confiar en un sueño, todo muta, se mueve, se contradice. Nada es absoluto, todo es relativo. Todo puede perderse, y de hecho se pierde. Por tanto todo es padecimiento. El budismo llevaría a despertar del sueño de las angustias y los padecimientos.

 

 

 

oprimir para continuar artículo >>

 
 
     
 
   
     
z