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¿Y el Ser? ¿Si todo cambia, qué ‘es’? ¿Las cosas tienen un Ser que les sea propio? ¿Y si no tienen un Ser, son confiables? ¿Qué es confiable en esta vida? El budismo afirma que nada tiene un Ser inherente, todas las cosas son compuestas de causas previas y condiciones presentes, todo tiene un ser provisional, prestado por el ser provisional de sus propios componentes, y así sucesivamente. Las cosas están ‘vacías’ de un ser inherente. Esta ‘vacuidad’ no es una ‘nada’, es más bien que los fenómenos particulares están vacíos de un ser propio —lo que los divorciaría de lo absoluto. Pero ¿el ‘Absoluto’ tiene ser propio? Tampoco. “¿Si todo se reduce a la Unidad, a qué se reduce la Unidad?” dice un famoso koan —o enigma— del budismo zen. Lo interesante es que la experiencia revelaría que todo sería un “vacío-plenitud” (más allá de toda dualidad), que lo pone mucho más allá de un crudo y elemental nihilismo. Por lo mismo que está vacío de alguna característica particular y excluyente de otras características particulares, es un plenum de posibilidades, abierto y sin límites. Potencialidad pura. Ahora imaginemos una religión —un camino— que acerque ese plenum, lo haga accesible, en la práctica, tanto así que afirma que ya lo poseemos, que todo es cuestión de darse cuenta...

El budismo es una religión que se acomoda bien a la etimología de Relegere, Releer. Aunque dicha etimología se refiere originalmente a reexaminar los actos para asegurarse de su concordancia con las normas o conductas establecidas —canónicas—, también se podría aplicar como ‘relectura’; el budismo reexamina todos los fenómenos para saber cómo son las cosas, en sí mismas. Saber cómo son las personas. Saber cómo son las situaciones. Saber cómo es la Realidad. Y encuentra que todos los fenómenos son compuestos, son resultantes de componentes que se han combinado. Fruto de un eslabonamiento de causas y efectos. Vacías de realidad intrínseca. Pero que al no excluir nada y no aferrarse a nada se hace posible el ser  simplemente más feliz.

Pero el Budismo también se ajusta a la etimología de religar,volver a unir lo que estaba separado, lo cual es el sentido original de la palabra Yoga —reintegración. El budismo es un yoga particular, de los muchos que existen. Es más, es toda una especie o categoría de yoga que involucra muchos tipos de yoga particulares. Como no se menciona una presunta unión entre un creyente y un ser superior, se trataría más bien de una reintegración de si, de los diferentes aspectos o funciones que estaban disociados o aún en conflicto.

En todo caso lo que parecen buscar las personas es realizarse. ¿Realizar qué? Su plenitud. Sus potencialidades. El problema es que dentro de esa plenitud está lo bueno y lo malo, así es que todos llegamos a tener potencialidades destructivas y benéficas, debido a las consecuencias de nuestras acciones (karman), fruto de la confusión que produce nuestra falsa carencia —si tan sólo lo supiéramos... Así evitaríamos cultivar conductas y actitudes de autodestrucción y más bien promoveríamos lo realmente benéfico. Ese es el famoso karma, palabra sánscrita que viene de la raíz KR, acción. Y toda acción conlleva una consecuencia. Toda acción u omisión nuestra deja huella o residuo, y es una semilla para futuros resultados, mayormente de padecimiento, dado nuestro proverbial obscurecimiento de la mente. Y es que la mente es en sí, realmente,  clara, luminosa, pero parece nublarse, se nubla de hecho, con nuestra ignorancia o insatisfacción fundamental.

Otra interesante particularidad budista es su concepción de la mente. Las tres características de la mente son, para el budismo, las siguientes: ser vacía de esencia inherente (estar más allá de cualquier particularidad excluyente que la limite); su claridad o luminosidad (todo ‘aparece’ o surge en el continuo de la mente de manera nítida y clara, —pensar como una capacidad de arrojar luz, dar a luz— porque es básicamente consciencia pura, potencialidad, que recién toma forma cuando conoce lo particular, y por lo general se aferra erróneamente a ello —llegando a ser gobernada por ello— perdiendo así toda claridad); y la tercera característica es que no tiene trabas o límites (es ilimitada, todo puede aparecer en la mente, exactamente igual que en un espejo pueden aparecer todos los reflejos, y aún así no afectan verdaderamente al espejo, no constituyen traba para él —o para la mente, que no es gobernada realmente por lo que aparezca en ella, lo que sucede realmente es que sólo parece que nos afecta o perturba— de esa confusión es de la que hay que despertar). Por supuesto es muy difícil que una persona perturbada —o con la mente ‘nublada’— lo reconozca, y sería hasta cruel decirle a una persona que sufre, que sólo le parece que sufre. Más bien esa persona tendría que calmarse y adquirir una cierta claridad —por eso es que meditamos— para luego darse cuenta de su propio proceso mental y emocional. Y es que las emociones aparecen en la mente. ¿Dónde si no? Por ello hay que tener la mente clara.

También los budistas lo son porque buscan la paz en la mente. No es que otras vías espirituales no lo busquen también, sino que el budismo se centra en eso, su método —la meditación— se basa en eso. Es explícito y puntual. Al darse cuenta de los torbellinos y el caos de la mente, los cuales no nos dejan ver claro, se reconoce como indispensable calmarla, para recién después poder penetrar en la esencia de esa mente —pureza, claridad y plenitud fundamentales. E incluso se plantea el ir más allá de la mente —más allá de los límites, de la dualidad, hacia la plenitud; pero eso es otra historia. Por otra parte no plantea, como el Yoga clásico de Patanjali, la cesación de esos torbellinos, sino más bien que no perturben.

Y sin embargo la gente parece estar poco interesada en la paz; sólo la busca cuando está muy estresada y ansiosa debido a sus problemas. Por el contrario la gente está muy interesada en una actividad permanente que les proporcione excitación, distracción, entretenimiento —es que en el fondo se aburren mortalmente, al no tener claro el sentido de su vida (lo buscan confusamente, y hasta rehuyen darse cuenta plenamente de ello— pues en realidad no saben qué buscan, fuera de una borrosa y teórica felicidad; creyendo que cada nuevo elemento les va a aportar esa felicidad que nunca llega). No sólo la paz les puede parecer aburrida, más aún puede serlo el conversar sobre el Ser o el no-ser (es decir el sentido de la vida). Fuera de que no parece ser ‘práctico’, aparentemente no proporciona beneficio material, y más bien plantearse preguntas sobre el sentido de la vida les da angustia, y lo evitan sistemáticamente. Y también resulta claro que la gente ni siquiera se entera que no tiene paz. Tan sólo cuando su frenesí llega a manifestar estrés y angustia es que buscan relajarse. A veces cuando se toca fondo... Sólo que lo hacen optando por otras actividades más estresantes aún, y hasta extenuantes. Alguien que conozco suele decir que ‘el mejor día de las vacaciones es el de regreso a casa’. Y la falta de paz enferma, aparte de ser la causa de las distorsiones mentales, las neurosis y el estrés. Este último ocasiona enfermedades coronarias, intoxicación de las células cerebrales, debilitación del sistema inmunitario contra las enfermedades, y hasta la obesidad!.

Como mi actividad principal es la de enseñar a meditar, me permito referir algo de mi experiencia con las personas. Es raro que sepan o se den cuenta que tienen mente. Claro, todos lo ‘saben’, pero eso no es más que un concepto. En la práctica eso permanece incógnito, es decir que no se aplica a la vida. La gente vive nomás, sin darse cuenta del papel de su mente. ¿Con qué se sufre? Con la mente. ¿Con qué se disfruta? Con la mente. Como la mente parece ser entonces muy importante, sería necesario observarla, estudiarla y manejarla (que nos ‘maneje’ menos). Eso se hace con la meditación. Ello permitiría sufrir menos y disfrutar más. De cualquier cosa. De lo que a Ud. le guste. Pero cuando la mayor parte de la gente intenta meditar, es decir observar su mente, no puede. Recién se descubre que nuestra mente era inestable, que sufría de cambios tales que podría llegar a hablarse de torbellinos mentales, aún de caos mental. Todo eso es consecuencia del stress o ansiedad que provoca el simple acto de vivir —de perseguir confusamente la felicidad— si no se sabe como sostener la paz y la claridad de la mente. La vida se transforma en una ansiosa sensación de carencia, lo que trae mucha infelicidad.

 

 

 

 

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